Home

Llevaba ya unos cuantos meses en que la constante era la indiferencia hacia mis pequeñas niñas. La Wii estaba ya acostumbrada a esta situación (muy a mi pesar) pero no doñas 360 y “piestri”, que desconsoladas me contemplaban con ojos tristes a la par que incrédulos cada vez que pasaba por su lado sin más miramientos. Y un fin de semana, inmerso en tareas de limpieza y desescombro (una vez al mes toca), me fije en que el Dual Shock 3 y resto de sus compañeros controladores se encontraban cubiertos por una fina capa de polvo.

Limpié los mandos con fruición hasta verlos relucir e, involuntariamente, mis dedos pulsaron unos cuantos botones. En ese momento salió a relucir también la verdad: ¡cuánto tiempo sin sentir aquella sensación digital! ¿Cuándo había sido la última vez? El trabajo, los agobios, el devenir de los días frente a una pantalla de ordenador me habían llevado al cansanció y la desgana, así que al llegar las noches lo último que me apetecía era verme inmerso en revueltas espaciales o mundos champiñón. Demasiada actividad para mi gusto teniendo justo delante el pasivo placer contemplativo que me proporcionaban las series y películas proyectadas en la pantalla de 100” que desde hace poco tiempo cuelga del salón.

Y así me dejé llevar por la costumbre del cine y las palomitas al caer el sol, de las películas alternativas que te conmueven las más y te dejan dormido a medias las menos.

Pero ese día, limpiando mandos, siendo consciente de que tenía abandonada mi gran pasión por inapetencia (motivada en gran parte por el monotóno catálogo de lanzamientos de los últimos meses), me pregunté si realmente era que aquel hobby que me había acompañado desde niño no habría sucumbido a una fecha de caducidad cuya existencia nunca había considerado siquiera.

Averiguémoslo-me dije. Encendí mi Élite y me puse a los mandos. Desempolvé uno de esos tantos juegos que uno compra atraído por ofertas y recomendaciones y que luego dejamos medio olvidados tras probar cinco minutos. Se trataba de la nueva entrega del Príncipe de Persia.

Lo que vino a continuación fueron horas y horas de vicio continuado, cual naúfrago desnutrido que tras ser rescatado se encuentra con un festín ante sí que devora de manera tremendista. La abstinencia cosolera se notaba, y mucho. La misma que me hizo pasarme una noche entera en vela hasta que terminé el juego del tirón. Y una vez acabado éste no pude evitar echar un vistazo a la estantería y percatarme de cuántos otros títulos ni siquiera había tocado, a los que convenientemente he ido despachando desde entonces.

No, no había perdido la afición. Y tal cual comentaba ayer, Resident Evil 5 me lo ha dejado muy clarito. Por más hastío que nos traiga la vida, nunca será tanto como para hacernos dejar de lado completamente aquellas formas de ocio que nos hacen esbozar una sonrisa, que nos alejan de circunstancias poco agradables y que, en definitiva, modifican en mayor o menor grado el sendero por el que caminamos.

Sendero que me ha llevado a estar hoy aquí, manteniendo este blog, semilla de esperanza de un deseado futuro profesional tan incierto como ilusionante.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s