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En estos momentos no tengo ánimo alguno para encender la consola y ponerme a jugar. Pero sé que si lo hiciera me sentiría mejor por la amarga pérdida familiar que acabo de experimentar hace unos días. Se me entienda. ”Mejor” dentro de lo que cabe.

Mucho se ha hablado de la labor terapéutica de los videojuegos y en casos como el mío éstos pueden ayudar, con una especie de efecto sedante, a desconectarme de esta amarga realidad mediante la mímesis con otros personajes y otros mundos que yo mismo controlo, cual Dios benévolo que cuida por su bienestar (algo que cierto ente superior, de existir, no ha hecho conmigo últimamente).

Meternos en la piel de otros, hacer nuestras sus vivencias y olvidarnos de todo lo demás. Olvidarnos de que la vida no tiene ”continue” que valga, de que sólo se nos da una oportunidad y que, por ello, cualquier segundo desaprovechado es tan valioso como irrecuperable.

La magia de los videojuegos reside pues en su facilidad para reflejar un mundo pluscuamperfecto, no en apariencia (que tiende a dibujarnos escenarios postapocalípticos de tremendo dramatismo como mandan los shooters de turno) pero sí en su trasfondo, porque al fin y al cabo son lugares en los que podemos volver atrás y cambiar aquello que no nos gusta, donde experiencias tan nefastas como la muerte se solucionan a un simple golpe de botón y gracias a conocimientos aprendidos a golpe de checkpoint. En la vida, como sabemos, no nos queda otra que asumir imprevistos que ésta nos pone por delante así como que “a cada error le corresponde su consecuencia” y que cada consecuencia ha de asumirse a las duras y a las maduras.

Y luego nos dirán que los videojuegos envenenan la mente, que la corroen con sus mundos de depravación. Yo me pregunto si no será más bien al contrario. Si no son la vida y Don Destino los que nos destruyen con sus juegos de azar, mientras los propios videojuegos nos aportan algo de vacua esperanza. Esa esperanza que nos reporta el saber que, aunque sea por unas horas, mando en ristre, somos nosotros los que decidimos sobre el devenir de nuestro yo virtual, al que (masoquistas aparte) procuramos (a lo largo de x número de fases), el ideal de una vida dulcemente conclusoria si es que los guionistas nos lo permiten.

En memoria de mi abuela
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Un pensamiento en “Los videojuegos: terapia del dolor

  1. Este viernes pasado asistí al funeral de mi abuelo. Te entiendo perfectamente, y creo que tus palabras son muy acertadas.

    Un abrazo de comprensión desde aquí, Galicia.

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