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Se han dado casos (más de los que nos pensamos) en que estudios de renombre desarrollaban proyectos que al poco tiempo caían en el olvido en las estanterías de tiendas especializadas de todo el planeta. Las causas pudieran ser la falta de originalidad, los constantes errores de programación fruto de las prisas, la corrosión de la sustancia cinematográfica o publicitaria en que se basa el juego en cuestión… Son esos juegos que se mueven entre la franja de los 3 y los 6 en muchos medios sobre videojuegos y que terminan cayendo en el olvido inevitablemente.

Luego están esos otros títulos que se consagran como obras maestras. Dentro de este grupo podemos distinguir dos ramales: el de los juegos que marcan época técnica y emotivamente (los que consiguen ”llegar” de alguna manera al jugador) y aquellos que, siendo perfectos en cualesquiera de sus apartados audiovisuales, pecan de inexpresión, no nos dicen nada y hacen de la experiencia videojugable un proceso agradable a la vista pero insustancial en su transcurso.

A grosso modo: hay juegos mediocres que caen en el olvido y otros no tan mediocres (alabados por su superficialidad) que también lo terminan haciendo. Juegos que por un defecto llamado x o y no cumplen la función primordial de esta industria: aportar diversión.

Así, la última entrega de algún conocido shooter bélico puede cansar a más de uno a la primera de cambio por su escasa innovación respecto a sus precedesores. Imaginémonos que somos ese usuario frustrado que acaba de invertir 70 euros en el susodicho juego. Apagamos nuestra consola y nos vamos al ordenador a iniciar una de nuestras tan comunes navegaciones de rumbo errante. De repente, en mitad de ésta, topamos con una página de microjuegos flash. Por inercia probamos el primero que aparece ante nosotros…

Media hora después seguimos ante el ordenador, en la misma página, jugando a lo mismo. Ahí está la prueba de que lo más simple (muchos dirán hasta cutre) puede proporcionarnos cotas adictivas que jamás podría alcanzar el jueguecito bélico de marras. No porque no se vea increíble en nuestro FullHD 40″ sino porque falla en lo más esencial: su planteamiento, incapaz de complacernos cual pareja impotente.

Ahí radica el éxito del Tetris y el fracaso de ese multimillonario juego que casi arruina a cualquiera de las grandes desarrolladoras actuales (todas han tenido alguno a lo largo de su historia reciente). Por todo ello hoy deberíamos rendir un tributo a la esencia de los videojuegos: LA DIVERSIÓN. Y por ello los desarrolladores actuales deberían inciar sus proyectos desde un planteamiento y no desde la búsqueda de la más avanzada tecnología.

No es de extrañar pues que títulos descargables de Live Arcade, PSNetwork o WiiWare hayan conseguido venderse más que otros juegos físicos de presupuesto miles de veces superior.

Os dejo una muestra de estos “pequeños placeres”:

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