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…y hambre para mañana. De unos años a esta parte están proliferando títulos con un claro denominador común: su cortísima vida útil. No porque podamos terminarlos en unas pocas horas (podríamos dedicarles media vida si quisiéramos) sino porque, de alguna manera, consiguen arrebatarnos las ganas de volver a ellos una vez les hemos dedicado unas cuantas sesiones de juego.

Recuerdo que la primera vez que me ocurrió fue de la mano de un matemático nipón: el doctor Kawashima, cuya propuesta me pareció por aquel entonces muy atrevida y original (obviamente no era consciente de lo que iba a llover después). Los primeros días no veía la hora de conectar la consola y realizar mi test de edad mental y una vez hecho me regocijaba observando mi escala evolutiva entre minijuego y minijuego. Pasada la primera semana todo cambió. Un poderoso influjo me impedía introducir el cartucho en la portátil. No sabría cómo explicarlo, era una inmensa pereza a verle la cara al profesor que terminó ganándome la partida fruto de lo cual el juego quedó condenado a coger polvo en la estantería.

Muchos más ejemplos: mi perro del Nintendogs ha debido morir por inanición (o eso o se ha vuelto salvaje y se ha unido a una manada de lobos esteparios en busca de su propio sustento) y la Balance Board, tan simpática ella, ha ido borrando su sonrisa conforme mi gata la ha encontrado un interesante soporte sobre el que echarse la siesta. Así que no sé porqué, pero títulos como éstos, basados en la reiteración diaria de mecánicas, aunque resultan muy atractivos a mi cartera en un primer momento, siempre terminan abandonados a las pocas partidas. Es por eso que no entiendo que tantísimos millones de niños y ancianos les dediquen más horas que yo a cualquier extenso RPG.

Será pues que, por mucho que yo y otros tantos jugadores “de toda la vida” nos empeñemos, este tipo de juegos no son para nosotros, que aunque nos cueste de asimilar, por muy jugones que seamos, hay una parte de esta industria de la que no disfrutamos, de la que no formamos parte. Y es ese desconcierto, esa exclusión, la que muchos entienden como una traición a tantos años de fidelidad e inversiones en juegos y consolas de unas compañías para las que ya no somos el hijo predilecto. Sí, estamos celosos de ese hermanito pequeño que ha supuesto la apertura del mercado a una mayor audiencia compuesta por nuestros hermanos, nuestros padres y hasta nuestros abuelos, intrusistas de una afición que queríamos considerar sólo nuestra y que hasta hace poco tiempo era criticada por éstos últimos que alegaban sin rubor un “no juegues tanto a la consola que te vas a convertir en un psicópata de esos de la tele” o “ni loco conectas ese cacharro al televisor que lo fundes”.

Parece que sí, que los videojuegos han dejado de ser sólo una cosa nuestra para ser algo de todos. Que existen juegos que, por increíble que parezca, no saben aportarnos lo que buscamos y terminamos sometiendo al olvido. Pero debemos aprender a ver más allá, debemos saber apreciar la riqueza y diversidad que ha ganado nuestra industria y cual hermano mayor aconsejar e instruir a esos recién llegados a los que, por mucho que critiquemos, en el fondo tenemos un gran cariño.

En definitiva, tenemos que dejar de comportarnos como el hijo único que no está dispuesto a dejar de serlo y que por consiguiente se dedica a echar bazofia sobre los juegos casuales en lugar de aceptar que hay un público al que apasionan. Porque ya se sabe que sobre gustos no hay nada escrito y que, si algo no nos gusta, nadie nos va a obligar a comprarlo. Seamos tolerantes y conscientes de lo importante: el sector del videojuego está abandonando su sectarismo y lavando su imagen nociva para aprender a darle a cada cual aquello que precisa. Porque en el fondo todos, casuals y hardcores, buscamos lo mismo: diversión.

Publicado en Ecetia.com

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