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Estoy cansado de la misma verborrea tóxica de siempre. “Los videojuegos engendran asociales, asesinos y analfabetos” dicen muchos amparados en estudios de dudosa metodología y resultados nada extrapolables. Estudios que buscan el amparo mediático de quienes entienden el alarmismo como la forma más eficaz de incrementar las audiencias y cuyas muestras han sido cautelosamente escogidas en pos de unos resultados concretos, lo más alejados posibles de lo empírico.

Por suerte, una de las cosas buenas que nos ha traído la apertura de mercado de la que Nintendo ha sido abanderada, es que el videojuego comienza a entenderse cada vez más como una forma de ocio estandarizada en todos los estratos sociales. El ocio electrónico ya no es el gran desconocido que un día fue y el temor de quienes lo veían como una afición dañina ha desaparecido en consecuencia. Aún así, las críticas todavía dan algún que otro coletazo y aquí un servidor, como videojugador que es, se ve en la obligación de rebatirlas de la mejor manera que sabe: desde su propia experiencia.

Quizás la mejor manera de hacerlo sea especificando qué de positivo me han aportado los videojuegos desde que me iniciase en este mundo con apenas 7 años, cuando mi abuela me compró mi primera Game Boy y yo le solté un espontáneo: “ay abuela, ya puedo morir tranquilo”. Lo que más he apreciado siempre de esta nuestra afición es la compañía que nos brinda con sus personajes y universos. Aún en los momentos más bajos los videojuegos siempre están ahí para hacernos olvidar nuestras preocupaciones imbuyéndonos en realidades alternativas en las que son otros los problemas a los que atender aunque sea por unas horas. Es esacapacidad empática del videojuego la que contribuye así mismo a desarrollar nuestra imaginación, pues no pocos juegos han hecho sutiles aportaciones a mi poco extensa bibliografía como narrador o incluso a mis más tiernos juegos de infancia.

¿Y qué hay de la mejora sustancial de los reflejos, la concentración y nuestra capacidad lógica? Aún recuerdo cuando, en pleno test médico previo a la prueba por el permiso de conducción, la encargada de monitorear mi actividad en la máquina dispuesta a medir tales aptitudes me espetaba un: –Se nota que juegas con videojuegos, no te has salido de la línea ni una sola vez.

Y si hablamos de lógica y concentración no podemos dejar de negar categóricamente que el videojuego, por definición, afecte a nuestro rendimiento académico. No voy a presumir de calificaciones, pero llevo jugando (y profusamente además) con videojuegos desde muy pequeño y nunca he notado que ello tuviese efecto negativo alguno en las mismas: sobresalientes tanto antes como después del lanzamiento de cualquier triple A.

Dicen también que jugar nos vuelve ermitaños. Puede que hubiese un tiempo en que esto fuese así pero ese tiempo acabó en cuanto empezaron a popularizarse los juegos multijugador y la casa quedaba invadida por nuestra cuadrilla de amigos. Ahora, muchos años después, la integración de Internet en las consolas ha pulverizado definitivamente cualquier crítica posible al respecto: tenemos la opción de comunicarnos con millones de amigos situados en cualquier punto del planeta, por no hablar de que a la gran mayoría de mi círculo de amistades lo he conocido directa o indirectamente por mediación del videojuego como afición compartida o labor profesional en común.

¿Que los juegos son peligrosamente adictivos, que fomentan la agresividad? Parece que para los expertos, con que una persona adicta o violenta haya jugado o tenido contacto con videojuegos aunque sólo sea por cinco minutos en toda su vida, éstos ya son considerados principales causantes de unos trastornos que, en la mayoría de los casos, se originan por traumas emocionales. Así una persona neurótica puede tender a la adicción videojugable tanto como a la ingesta masiva de alimento y un asesino en serie puede que juegue veinticuatro horas al día a Carmaggedon, pero es irrefutable que sus ansias de matar no las ha provocado un juego de atropellos sino algo psicológicamente más complejo.

Por el contrario de lo que se cree pues, los juegos son válvulas de escape a la inestabilidad emocional y no impulsores de ésta: ¿cuántas veces no os habéis sentido frustrados, cabreados por algo y os habéis puesto a machacar botones como locos en Street Fighter o a golpear desenfrenadamente al aire con los guantes virtuales de Wii Boxing?

A mí los videojuegos me han hecho una persona mucho más aplicada, imaginativa y sociable, me han servido de compañía y consuelo y he encontrado en ellos a unos excelentes supresores del estrés. No podemos generalizar toda esta retahíla obviamente, pero sí afirmar con rotundidad que los videojuegos, beneficiosos, son un rato.

Publicado en Ecetia.com

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