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Hay algo que entusiasma a todo jugón tanto o más que pulsar start y ponerse a los mandos de ese triple A esperado durante años. Sabéis a lo que me refiero. Lo sabéis muy bien. El día en que, por fin, tras rumores y especulaciones, fotografías filtradas, presentación oficial y cuenta atrás, adquirimos una nueva consola.

Días pendientes del teléfono. Expectantes a que nuestro vendedor de confianza nos comunique, generalmente días antes del lanzamiento oficial, que ya podemos ir a recoger nuestra carísima caja. La PlayBox 720 ya está en nuestro poder, pesa tanto como vacío ha dejado en nuestra billetera, pero da igual.

Llegamos a casa, la colocamos sobre la mesa y de repente, sin motivo justificable, sentimos esa incapacidad de proceder a su desembalaje. Queremos que ese ansiado momento dure lo máximo posible, muchos incluso cogerán su cámara de fotos y vídeo para documentar el proceso y colgarlo en la red en busca de envidia ajena. Otros, por el contrario, preferimos vivir semejante acontecimiento en la intimidad.

Leemos cuidadosamente, cual bote de champú en el baño, cada uno de los innecesarios textos que adornan el package. Puede que incluso ya los conozcamos: hemos visto infinidad de fotografías por las que comprobamos cuan en perfecto estado se encuentra nuestra memoria fotográfica.

Entonces llega el momento: –Voy a abrirla -nos decimos en tono solemne. Despegamos cualquier adhesivo protector, abrimos la lengüeta de la caja y nos encontramos ese mágico puzle (tan difícil de recomponer) con que toda compañía sabe empaquetar sus nuevos sistemas. Un olor a plástico nos embriaga y pronto empezamos a ser presos de una enorme impaciencia.

Toda la mesura contenida desaparece y comenzamos a deseposeer al cartón de su contenido. Rasgamos envoltorios, lanzamos el plástico de burbujas al gato (él también se merece compartir nuestra dicha) y entonces ocurre: vemos la nueva máquina que en breve engalanará nuestro rincón de juego particular.

La cogemos a pulso, nos sorprendemos de lo mucho o lo poco que pesa (ya sabemos que nunca hay término medio) y nos quedamos ella, su peculiar mando de control y nosotros. Toca echar un célere repaso al manual de instrucciones (a lo Cortocircuito) y proceder a pelearnos con los cables.

Coincidiréis conmigo: el primer momento en que el logo de una nueva consola surca nuestra pantalla es tremendamente placentero. Escudriñar los menús del sistema, oir cómo se introduce ese primer disco o elclick del cartucho al encajar en la ranura… sensaciones que siempre han motivado mi curiosidad.

¿Cómo puede ser que una cosa tan simple como traer a casa un producto nuevo y desentrañarlo pueda proporcionarnos tales descargas de adrenalina? No lo sé, pero ocurre, es real, no es la exageración de un friki como a menudo nos tildan socialmente quienes permanecen ajenos a este sector. No por nada ellos mismos experimentan sensaciones parecidas al comprarse un coche más grande o una tele con más pulgadas.

Que digan lo que quieran pues. Yo, entre los selectos recuerdos de mi existencia, siempre preservaré la primera vez que sostuve mi Gamecube negra por su asa; la primera en que la espiral de Dreamcast giró en mi televisor o cuando la lluvia me acatarró esperando en la larga cola de apertura de la tienda en que compré mi primera Xbox 360.

Publicado en Ecetia.com

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