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Cuando uno es tan escéptico respecto a un lanzamiento pueden ocurrir dos cosas. Lo más común es que acabes confirmando tus sospechas y el título de marras decepcione sobremanera, en gran parte por la natural disposición humana a vapulear aquello contra lo que tenemos un arraigadísimo prejuicio. Otra posibilidad es que el producto acabe resultando tan magistral que, incapaz de reaccionar al factor sorpresa, termine convirtiéndose en uno de tus predilectos. Un imprescindible por haberte enseñado que las apariencias engañany que no hay nada más hermoso en esta vida que darse cuenta de que se estaba equivocado, señal de que algo hemos aprendido.

No puede culpárseme (ni a mí ni a tantos otros usuarios) por haber acogido con recelo el anuncio de que una joven franquicia como Assassin’s Creed se ampliase con la secuela de una secuela. Brotherhood (La Hermandad) apareció de la nada, ante unos atónitos seguidores que pronto comenzamos a considerlo un DLCcamuflado, que únicamente llegaba al formato físico por la excusa de una modalidad multijugador que tampoco creíamos justificada.

A saber: el juego bebía directamente de su predecesor, reutilizando personajes y entornos en un único emplazamiento (Roma) que ya se nos dejó intuir al final del segundo juego. Pensar además que Ubisoft había recreado una ciudad tan enigmática en plena carrera, para acudir a tiempo a la cita navideña, era tanto o más preocupante que la posibilidad de que el carismático Ezio Auditore, que tanto nos había conquistado, se viese inmerso en un argumento estirado cual chicle, incapaz de encajar en la planificación general de la IP.

Comenzaron a llegar las críticas positivas, reviews que hablaban del mejor juego del año, que lo puntuaban con notas máximas, que nos dejaban patidifusos cuanto menos. Ante tal panorama, el deseo de comprobar por uno mismo si la objetividad había brillado o no por su ausencia en tales textos era demasiado fuerte. A los diez minutos de haber insertado el disco de Assassin’s Creed: Brotherhood en la consola lo supe: aquella noche iba a cenarme mis propias críticas.

Al contrario de lo que pudiésemos pensar, el que esta entrega sea continuación directa de la anterior no supone un problema, sino quizás uno de los mayores aciertos del título. Habiéndonos resultado tan empático el personaje de Ezio, volver a reencontrarnos con su fanfarronería (no exenta de la madurez que nosotros mismos le vimos amasar en el fragor de arduas batallas) resulta muy recomfortante. No podemos evitar sonreir al volver a Monteriggioni, al saludar a nuestro tío, a nuestra madre y hermana. De alguna manera Assassin’s Creed II consiguió meternos de lleno en la vida del asesino, mucho más de lo que creíamos.

Esa familiaridad hace que arranquemos partida con un plus de interés por cuanto ocurre, con una preocupación añadida por el incierto destino de los personajes, de la propia Roma y sus manipulados ciudadanos. Hace también que Brotherhood resulte aún más épico y lo comprobaréis, como digo, en los primeros minutos. No desvelaré nada, pero en esos instante inciales Ubisoft cambia varios esquemas y a lo grande, de forma tan espectacular que ya no podremos despegarnos del juego hasta su también impactante conclusión (preparáos para otro insólito ending).

Metidos ya en la recomposición de ADN volveremos a sentirnos como en casa. La mecánica sigue siendo la misma a rasgos generales y esa placentera sensación de saltar de un tejado a otro durante horas volverá a atraparnos sin remisión. Es algo que tiene AC, podríamos pasarnos horas inspeccionando cada uno de sus recovecos, ajenos a la trama central, lo más parecido a comprarse una bolsa de pipas un domingo por la tarde: empezar y no parar. Brotherhood potencia esa sensación gracias a una dinámica mejorada, que nos incita no sólo a recomponer Roma sino también a liberarla.

Así, además de esa adictiva necesidad de sincronizar todas las atalayas que nos vayamos encontrando para despejar el mapa del juego, deberemos hacer frente a Los Borgia, que han tomado control de la urbe por sectores. En cada uno, una torre y una cuadrilla de soldados capitaneados. Será nuestra misión buscar al cabecilla y darle muerte (la dificultad varía de unas zonas a otras) para posteriormente quemar el fortín devolviendo el área al pueblo, a quien pertenece.

Una vez erradicada la influencia Borgia en cada zona, podremos comenzar a restaurarla: ir reabriendo cada uno de los puestos médicos, herrerías, comercios de arte, sasterías, bancos o establos. Para ello deberemos ir recuadando dinero: cuantos más establecimientos haya abiertos, mayores serán nuestros ingresos, que irán acumulándose en las arcas de la ciudad cada 20 minutos (algo similar al sistema de Monteriggioni pero elevado a la enésima potencia). También tendremos que restaurar acueductos o comprar algunos de los más grandes monumentos de Romadesde el Coliseo hasta las Termas de Trajano. Sólo así podremos conseguir el ansiado 100%.

Con estas tareas, de lo más adictivo, ya tendríamos muchísimas horas de juego. Y no hemos sumado por ejemplo ciertos encargos de nuestro amigo Leonardo Da Vinci (ya he dicho demasiado) o la búsqueda de “La Verdad”, ese misterioso documento a desbloquear mediante puzzles condenadamente ocultos. Si lo hacéis obtendréis jugosas pistas sobre el devenir del verdadero protagonista de la saga: Desmond Miles, que también tiene algunos momentos jugables de lo más interesante al principio y final de la aventura.

¿Qué hay de la trama general? Como todo buen sandbox (que aunque no lo parezca lo es) se articula en una serie de misiones a completar, nuevamente agrupadas en secuencias. La monotonía del primer AC no hace acto de presencia en ningún momento y supera incluso la variedad de ACII. Son mandatos muy bien insertados en el argumento, donde lo mismo manejamos un cañón que nos metemos en una persecución tras habernos infiltrado en una reunión a lo Splinter Cell. Aunque no creo conveniente desvelaros otras situaciones a las que os enfrentaréis, la sorpresa está garantizada.

Drama bélico, cargado de conspiración y un cierto toque culebronesco os hará disfrutar como enanos mientras no estéis inmersos en otra interesante novedad del juego: el reclutamiento de asesinos. Podemos recorrer la ciudad salvando a determinados rebeldes, dispuestos entonces a unirse a nuestro gremio y obedecernos en lo que pidamos. Palomares por toda Roma nos permiten acceder a las estadísticas de cada uno, administrar sus puntos de experiencia cual RPG y enviarlos a misiones por toda Europa (que ocurrirán en segundo plano) para obtener así más dinero y habilidades.

Estos aliados nos serán de gran ayuda en los numerosos combates, donde podremos ordenarles atacar a nuestros enemigos siempre y cuando tengamos avisos de asesino disponibles (señalados bajo nuestro indicador de sincronización). Creedme si os digo que os salvarán en más de un apuro, llegando a aparecer casi mágicamente cuando la batalla se ponga muy en nuestra contra.

Poniéndonos técnicos, destacar una mejoría general (aunque sutil) en la mayoría de apartados. Es como si la saga hubiese sufrido un proceso de pulido intensivo que culminase en Brotherhood. Las animaciones siguen impresionando por su fluidez (y hay nuevas) la ciudadanía presenta modelados ligeramente superiores, los cielos ya parecen pintura viva y las espigas de los campos casi se sintiesen al cruzarlos.

Hay, cómo no, detalles negativos: seguimos atravesando caballos y paredes (por citar sólo dos elementos) en contadas ocasiones, la detección de colisiones aún no acaba de refinarse y el asincronismo vertical está presente en más ocasiones de las deseadas. Lo que menos agrada a la vista es el retardo en la carga de texturas y los sombreados de sierra, bastante pronunciados. Podríamos justificarlos alegando que es un efecto cibernético que ha querido otorgarse al juego, pero sabemos que no es así. El ir corriendo por una llanura y ver como una borrosa mole torna tan de repente en castillo o aldea no convence, aunque tampoco es que moleste pasados los primeros compases.

La banda sonora, exquisita, incluye temas del anterior juego para reflejar los momentos más nostálgicos o de interés, reservándose nuevas composiciones (las mejores de la trilogía) para sus numerosos climax. Escalar nuestro refugio y vislumbrar toda Roma con la banda sonora del juego de fondo es una experiencia hipnótica.

¿Qué hay del multijugador? Visto lo visto, parece que hasta queda en un segundo plano respecto a las más de20 horas de juego que asegura el modo principal. No es así. Nada más acceder se nos ofrece una cinemática que integra a la perfección esta “excusa” en la trama.

Tal y como auguramos en nuestras impresiones del E3, el juego online de AC:B es portentoso, diferente. Adoptamos una apariencia y procuramos camuflarnos en un escenario, buscando sigilosamente a nuestro rival. La gracia del asunto es hacerlo sin que lo sospeche siquiera. Claro, la tipología de personaje se repite mucho en cada mapa y caminamos por ellos con la certeza de que pueden cosernos a puñaladas en cualquier momento. La astucia en la búsqueda de los mejores escondrijos y la observación son claves para ir subiendo de nivel. ¿Un soplo de aire fresco a los típicos modos en línea? Rotundamente.

Assassin’s Creed: Brotherhood es la sorpresa de la temporada. ¿Juego del año? Firme candidato sin duda. Un título del que no esperamos nada, que vimos como un engaño y por el que ahora no podemos sino agradecer a Ubisoft por defender la idea de que Ezio Auditore aún tenía mucho por contar. La épica trama, el carisma heredado o descubierto de todos los personajes, lo entretenido que resulta reconstruir Roma o asesinar a nuestros amigos online, la enorme variedad de las misiones… todo en esta hermandad es digno de admiranza. Cuando pules una fórmula casi perfecta sólo puedes darte de bruces con una cosa: la perfección y a Brotherhood poco le falta para serlo.

9.6/10

Publicado en Ecetia.com

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