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A menudo perdemos la noción de lo que significa un blog. Estos espacios surgieron como pizarras de vivencia personal, focos de debate que en Ecetia buscamos potenciar, unas veces desde la actualidad y otras a raíz de la reflexión más intimista. Esta nueva sección (de conclusión prefijada) bebe más de la última vertiente: ¿Cómo serían las memorias de un videojugador? Dejadme que intente ofreceros una respuesta:

Mi primer contacto con un videojuego fue completamente fortuito. Tras la mudanza improvisada a una zona rural, desprovista de divertimentos, pronto hice buenas migas con un vecino que había encontrado la fórmula perfecta contra el aburrimiento. A él le debo, muy posiblemente, mi afición por el ocio electrónico.

Recuerdo entrar por primera vez a su sótano, donde se almacenaban toda clase de consolas, máquinas de las que en mi vida había escuchado hablar. No en vano, a mis 6 años, poco o nada sabía de videojuegos. Atari oSpectrum eran sistemas que con el tiempo terminaron haciéndoseme familiares, si bien ninguno de ellos ocupó nuestras primeras tardes de juego.

No, porque en aquel entonces otra consola reinaba sobremanera en el salón de Jesús, se trataba de unaNintendo NES con numerosos títulos en su haber. Super Mario Bros. fue, por consiguiente, el primer videojuego que probé en mi vida. Recuerdo pasarme horas viéndole jugar, sufriendo a cada salto imposible de los últimos niveles, hasta que un buen día mi vecino extendiese el mando en dirección a un servidor.

Fue el comienzo de una fructífera relación que me llevaría a disfrutar también de Duck Hunt (mi abuelo, aficionado a la caza, también terminó maldiciendo al risueño perro) Rygar o un cautivador juego de disparos espaciales del que ahora mismo, perdonen ustedes, no recuerdo el nombre.

Cuando mi familia fue consciente de que pasaba más horas en casa del vecino que en la propia, decidieron regalarme mi propia consola de videojuegos. Iluso de mi si esperaba ver una Famicom a los pies de la cama, pues lo que recibí fue algo que muchos aún conservaréis: la típica máquina clónica, provista de numerosos juegos grabados en su memoria. 999 títulos de los que la mayoría no eran más que versiones alteradas de unos cuantos clásicos inolvidables como Adventure IslandTwin Bee o Galaxian.

Aún con todo, disfruté mucho con cada uno de ellos, máxime cuando conseguí ahorrar lo suficiente como para comprar mi primer juego original. Más de un año después, la ranura de cartuchos de mi Brimgtom perdió la virginidad con una joya atemporal: el primer Ninja Gaiden, juego que me cautivó por la atmósfera de sus breves secuencias intermedias, primer contacto de aquel chaval con algo parecido a la narrativa en videojuegos.

Con el tiempo, eso sí, mi interés por la consola decayó. Eran otros tiempos, pero los juegos seguían igual de caros (si no más) lo que me impidió agenciarme ningún otro. Fue entonces cuando aconteció mi primer flechazo: era verano, unos primos de Barcelonabajaron al sur andaluz para visitarnos.Francisco portaba una máquina que me fascinó al instante.

Allí estaba, una Game Boy (el tocho blanco monocromo que todos recordamos) con numerosos juegos. Me bastaron unas pocas partidas a Mickey’s Dangerous Chase o Batman: Return of the Joker, para saber que quería una de aquellas cosas. Ya había experimentado lo que era una sobremesa, pero tener una portátil, poder jugar en cualquier lugar, debía ser lo más.

Una mañana me desplacé a la capital con mi abuela, quien urdía un plan de lo más ilusionante: llevarme a la tienda de electrodomésticos de turno para comprar mi primera Game Boy. Siempre recordaré a aquel niño de 7 años, mirándola ilusionado, espetándole un: –Abuela, ya puedo morir tranquilo. La anécdota perpetuó entre mis familiares durante varios años.

Continuará…

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