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Más feliz que una perdiz, el flamante poseedor de una GameBoy tuvo que conformarse muchos meses con elTetris incluido en la caja, nuevamente una copia de dudosa procedencia. No es que quisiese menospreciar al título responsable del éxito mundial de la portátil, pero esperaba algo más a aquel juego que tantas veces había ocupado mis horas de entretenimiento, protagonista de las típicas consolas que nuestra tía del pueblo nos regalaban al hacer la Comunión (9.999 juegos y todos se jugaban con piezas de Tetris, manda narices).

Como habréis adivinado, tocó ahorrar nuevamente. Tras varios meses de calvario, allí estaba yo, en el establecimiento de costumbre, inspeccionando uno por uno los muchos cartuchos disponibles para la consola. La indecisión exasperó al dueño, creo recordar, hasta que tras más de una hora me decidí por un personaje al que desde entonces he guardado especial cariño.

¡Qué más me da que lo tachen de infantil! Para mi Kirby siempre será el primero de la larga lista de héroes que vendrían después. Con Kirby’s Dream Land descubrí también dos cosas: que los juegos resultan demasiado caros para las horas de diversión que ofrecen (unas cuantas me bastaron para acabar lo que tanto me había costado adquirir) y que, exasperarse nunca es bueno en lo que a jefes finales se trata.

No me crucifiquéis, recordad que era un neófito en la materia. Tarde demasiados intentos e improperios en descubrir que había que aspirar las estrellas que el Rey DeDeDe desprendía, para posteriormente lanzárselas y acabar con él.

Mi apego a las consolas Nintendo (únicas que había tenido hasta la fecha) me iba a llevar, sin saberlo, hacia una espiral de la que me costaría muchos años salir y en la que muchos terminamos inmersos en nuestra más tierna infancia (algunos todavía siguen presos en ella). Me refiero al fanatismo corporativo, al abrir la Hobby Consolas y mirar con desprecio a los juegos de la competencia, aunque una parte de uno ansiase con todas su fuerzas poder jugarlos.

Pronto conseguíamos callarla, sin embargo, y nos convencíamos de que no había consola mejor en el mundo que la de nuestra marca predilecta, que sus juegos eran los más lucidos y que toda puntuación negativa que éstos recibiesen se debía a que el medio estaba poco menos que comprado. Era la época en que una revista especializada, especializada a su vez en un sólo fabricante, tenía futuro comercial, pues fanáticos como nosotros la comprábamos simplemente para leer aquello que queríamos leer.

Así, Nintendo Acción fue mi publicación de cabecera durante muchos años, siguiendo con cautela cada nuevo lanzamiento de mi única consola (Game Boy). Con el tiempo las máquinas fueron remozándose, pero mis escasos recursos me hicieron quedarme atrás y con el tiempo, tras disfrutar enormemente de joyas comoWario Land: Super Mario Land 3(aún se me resiste uno de sus recónditos tesoros) terminé dejando de lado la afición.

Difíciles momentos familiares me apartaron del rumbo consolero y, aunque seguía la actualidad a través de las revistas de turno, mi contacto con sobremesas se limitaba a las raudas visitas a casa de amigos y familiares, que presumían orgullosos de su Sega Saturn o PlayStation.

Mi fanatismo aún no había decaído, por lo que incoherentemente me provocaban rechazo, no veía en ellas la personalidad y el atractivo de unas consolas Nintendo que ya todo el mundo empezaba a ver como cuestión exclusiva de infantes y adolescentes mimados.

Entonces llegó ella Nintendo 64, máquina que reafirmó mi radicalismo nintendero, propiciándome noches de febriles sueños en los que, estando a punto de hacerla mía, siempre me la arrebataban de las manos en el último momento. Sueños húmedos en los que siempre aparecía una Nintendo 64 con mando color amarillo, acompañada de Jet Force Gemini.

Pero una sorpresa aguardaba a aquel adolescente introvertido, una que trastocaría para siempre sus esquemas y le demostraría que, a fin de cuentas, los fanatismos no son más que barreras que coartan nuestra libertad. No hay nada más bonito para cualquier videojugador que se precie, que la libertad de elección.

Continuará…

Publicado en Ecetia.com

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