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A más de uno os habrá pasado. El amor no entiende de pareceres. De igual forma que al ir por al calle no os explicáis cómo tal bombón ha terminado con semejante orco de Mordor, muchos de vuestros amigos se preguntan qué le véis a ese juego que muchos analizaron en términos de mal encarnado.

Bazofia insufrible, vergüenza ajena videojugable, basura que no regalarías ni a tu peor enemigo… es lo que suele decirse de aquellos títulos que por una u otra razón no acaban de convencer lo más mínimo a buena parte de crítica y usuarios. Juegos que, también por h o por b, nos terminan calando hondo pese a sus defectos.

Tranquilos, que no voy a hablar deSuperMan 64, eso son palabras mayores, pero sí de algún que otro juego que os hará poner caras raras: –¿En serio? -os preguntaréis atónitos. ¿Y si os dijera que una secuelaToo Human, pese a su monotonía e innumerables defectos narrativos y jugables, está en mi lista de juegos más esperados?

Tal vez ahora entendáis a lo que me refiero con juegos rancios: aquellos que sólo obtuvieron renombre por su mediocridad. Claro, que también están los que, sin ser ninguna maravilla, se descubren ante uno como excepcionales formas de pasar el tiempo: quiero acordarme de Chibi Robo, uno de los títulos que más horas me mantuvieron pegado a Gamecube.

Darksiders sería otro de esos juegos, un tapado que muchos han querido elevar a la categoría de obra maestra, pese a unas discretas ventas fruto de su nula repercursión.

Sirvan tales ejemplos para darnos cuenta de algo: aunque la opinión de expertos y amigos ha de ser considerada, a fin de cuentas nadie debe deciros a qué jugar o a qué no, porque hasta en la producción más deleznable, alguien puede encontrar motivos para el entretenimiento.

A buen seguro vuestras estanterías están llenas de juegos que dieron que hablar (no para bien) pero que a vosotros os encantaron y a los que recordáis con gran cariño (nos encantaría conocerlos en comentarios).

Y es que un juego rancio, también puede destacar por la vía emocional, bien porque fuese un regalo que os recuerde a esa persona, bien porque, en el momento de vuestra vida en que lo jugásteis, os sirvió de consuelo ante una situación complicada. Porque al final, como diría Calderón de la Barca (una versión posmoderna del maestro más bien) los juegos, juegos son.

Publicado en Ecetia.com

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