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Los más avezados ya sabrán (por el título) que la sorpresa se llamaba Dreamcast.

Durante más de un año, insistí a mi señora madre lo necesarios que eran en mi vida aquellos 64bits. Recuerdo pasarme las horas ojeando publicidad frente a ella, poniendo cara de cordero degollado. Mis esfuerzos resultaron del todo infructuosos: no estaba el horno para bollos, menos si costaban más de 35.000 pesetas.

Me conformaba con visitar la sección especializada de los centros comerciales, donde me quedaba absorto en la contemplación (casi veneración) de aquel packaging, soñando con que algún día volvería a entrar en el terreno de sobremesa por la puerta grande. Así sería, aunque por aquel entonces no era consciente.

Un buen día, aburrido en casa, estaba por abandonarme al sueño cuando la mujer que me trajo al mundo entró por la puerta con una gran caja entre manos. Nunca olvidaré aquel sábado 16 de octubre de 1999. Sin esperarlo, me dispuse a abrir el inesperado regalo, con la desgana de quien no espera nada especial. Al primer rasgado vislumbré la famosa espiral y me dije que no, que no podía ser, que mi percepción me había jugado una mala pasada.

Ya la caja desnuda encima de la mesa, quedé completamente boquiabierto, abrazado a mi madre con nada disimulado entusiasmo. El jugón que acostumbraba a sudar tinta china cada vez que decidía comprar un nuevo juego, el mismo que llevaba desde su NES sin disfrutar de una sobremesa en propiedad, acababa de dar un salto de gigante desde Game Boy hasta los 128 bits de SEGA.

Tal vez fue por ello que Dreamcast me enamoró sin remisión, convirtiéndose por mucho en la consola que mejores ratos y más ilusiones me ha proporcionado. Aunque las circunstancias hubiesen sido otras, la máquina me habría hechizado igual, todos sabéis por qué.

La blanca de SEGA apenas si duró año y medio en el mercado, tiempo más que suficiente para demostrar un catálogo exclusivo envidable. Desde Sonic Adventure (que me convirtió en fiel seguidor del personaje) hasta el juego que me marcaría como ningún otro ha conseguido desde entonces: Shenmue.

Jet Set Radio, Head Hunter, REZ, Space Channel 5, Metropolis Street Racer, Floigan Brothers, Blue Stinger, Grandia 2, Virtua Tennis 2, Ecco the Dolphin, Soul Calibur, Power Stone, Skies of Arcadia… títulos imprescindibles que devorarían mis horas sin miramientos. Con Dreamcast entré también en el hábito de las demos jugables, comprando su revista oficial con devoción mes a mes. Quién me iba a decir a mi que una década después terminaría como profesional del sector editorial, interactuando con quienes en su día conformaron aquel excepcional staff.

Por supuesto, Dreamcast también supuso mi entrada a la red. Acceder a Internet aún se consideraba un privilegio por aquel entonces. Aquel modem de 56kbs hizo mucho por su estandarización entre los gamers, procurándome las primeras partidas online al mítico Chu Chu Rocket (que sigo jugando en mi iPhone).

La pena el día que me enteré de queSEGA descontinuaba su consola y se convertía en una third-party más, el ver cómo mis juegos favoritos acababan en hardware ajeno, terminó de erradicar todo el fanatismo que aún pudiese albergar aquel nintendero reconvertido, en parte algo rencoroso para con los del erizo, que se habían lanzado a la aventura de una nueva máquina sin evaluar a conciencia su probable trayectoria comercial. Pero tú, Ryo Hazuki, lo compensaste todo…

Con mi pasión por los videojuegos en su punto más álgido, decidí encauzar mi vida profesional de tal forma que éstos siempre estuvieran presentes. De ello me apetecerá hablaros la próxima semana, no sin antes pasar porGame Boy Advance y Gamecube, consolas con las que alcancé la madurez como videojugador.

Continuará…

Publicado en Ecetia.com

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