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De algo estaba seguro: no quería seguir cortando aquel césped. En algún momento tendría que empezar a pensar qué hacer con mi vida. Pasarían aún algunos años hasta que me decidiese, pues aún me mostraba receloso a concretar lo que desde siempre me había rondado la cabeza. Hablaremos de ello unos párrafos más abajo, que ahora toca volver a la desolación.

Aún recuerdo el día en que Revista Oficial Dreamcastse despidió de mi con una doble contraportada, agradeciendo a quienes la habían acompañado durante 19 números y prometiendo más información sobre Dreamcast en Hobby Consolas. Para nuestra desgracia, pocos meses duraría la máquina en el mercado. La sequía de juegos se hizo evidente y su precio bajó paulatinamente hasta su completa descatalogación.

Desilusionado, como siempre pasa cuando uno ve fracasar aquello en lo que apostó, donde depositó tantas ilusiones, aquel videojugador volvió al comienzo de un bucle que empezó, si recordáis, con una mastodóntica Game Boy entre manos. Nada atraído por PlayStation 2 (que arrasaba en ventas por aquel entonces) juré distanciarme de las sobremesas por un tiempo, volviendo al terreno portátil hasta que Nintendo lanzase la sucesora de sus 64 bits.

Porque sí, algo de nintendero quedaba en mi, así que deseché las propuestas de Sony y Microsoft, por mucho que Xbox se las prometiese de digna sucesora a la frustrada consola de SEGA. Puse mi objetivo en la mayor renovación de la familia Game Boy desde que la máquina fuese engendrada: Game Boy Advance.

Como venía siendo costumbre, para poder comprarla (el mismo día de salida) tuve que recurrir a estratagemas monetarias. Ésta me salió redonda. Aficionado a la escritura como siempre había sido, me presenté a un concurso de relatos literarios, siendo premiado con una cantidad acorde al precio de la portátil. Así que allí estaba yo, con historia publicada y una Advance morada entre manos, luchando por conseguir los cuarenta huevos ocultos de Super Mario Advance.

Un año después llegaría a mis manos un cubo geométrico, color negro, al que siempre recordaré con gran cariño. Era ella, Nintendo Gamecube, la apuesta más infravalorada de la compañía, una de las más personales (y con mayor personalidad). Desde su menú de carga hasta el formato mini-DVD, la consola satisfizo como ninguna a los fans más acérrimos de la casa, retomando con maestría las más célebres franquicias (Super Mario Sunshine, The Legend of Zelda: Wind Waker, Metroid Prime, Starfox Adventures, Chibi-Robo, Super Smash Bros. Melee, Paper Mario: La puerta milenaria, F-Zero GX…), aunque también albergando inéditos ya atemporales como Eternal Darkness, Resident Evil Zero, Pikmin o P.N. 03.

En Gamecube encontramos joyas gráficas como Star Wars Rogue Squadron II: Rogue Leader, que muy pocos títulos de Wii pueden superar a día de hoy. También auténticos vicios multijugador como Donkey Konga, que me ofreció enormes piques con amigos en aquellas aburridas tardes de verano.

Recuerdo comprar el cubo de Nintendo a base de cortarle el césped a los vecinos. Así, muy poco a poco, pude ahorrar hasta que un tardío repartidor de SEURme hiciese entrega de la máquina… sin juego. Muchos cortes después, conseguí adquirir mi primer título. FueLuigi’s Mansion y apenas si me duró una tarde (entenderéis mi cabreo tras pasarme semanas sin poder hacer otra cosa que no se fuese escudriñar los menús del sistema).

Con el tiempo mi colección de títulos creció exponencialmente, hasta el punto de que Gamecube sea, muy posiblemente, la consola que más horas me ha robado. Luego llegarían otras máquinas, a las que presté menor atención como N-Gage, el fallido teléfono-consola de Nokia que atraía todas las miradas por aquello de hablar disponiéndolo de canto. En este terminal, curiosamente, completé por primera vez Tomb Raider.

De ahí a Xbox, que varios años después de su salida se abarató lo suficiente como para agenciármela sin mayor problema. Fue la primera vez que no vivía una consola moderna desde su salida y por consiguiente la primera vez que ejercí de coleccionista, carísima afición que me hizo luchar en eBay por muchos de sus títulos más emblemáticos. Juegos que conectabas un par de horas, para posteriormente abandonarlos a la estantería, con el único propósito de alegar –Yo también lo tengo, es un imprescindible-.

Así, entre sistemas testimoniales, cansado como os decía de cortar césped para costearme una afición de la que tenía amplio conocimiento (muchos años de revistas a mis espaldas). Me planteé seriamente convertirme en periodista. Pero no uno cualquiera. No quería hablar de vidas ajenas, tampoco evaluar comportamientos políticos, yo lo que quería era escribir sobre videojuegos. Me prometí luchar por ello, aún a sabiendas de que la especialidad estaba agotándose, viendo como longevas cabeceras cerraban de la noche a la mañana (Super Juegos, X-treme, EDGE…).

Me llamaron loco. No sabían (yo tampoco, la verdad) que una década después terminaría viviendo precisamente de ello.

Continuará…

Publicado en Ecetia.com

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