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Quienes hayáis seguido esta serie de artículos (ya va quedando menos para la inevitable conclusión) sabréis a estas alturas que el editor al que leéis a diario fue en su tiempo un nintendero redomado, que su paso porDreamcast revocó esa estrechez de miras y también que la prematura muerte de la máquina me devolvió a los derroteros del fanatismo.

Nintendo DS ya era un impresionante éxito comercial. Muchos aún no daban crédito al fenómeno en que terminó convirtiéndose. Cuando todos pensamos que PSP arrasaría por su poderío técnico, la historia de Game Boy volvió a repetirse, dejándonos a una Nintendo enriquecida en grado sumo, reina de un mercado que nunca había escapado a su dominio.

Así las cosas, la promesa de una verdadera revolución en el ámbito de sobremesa, espoleó fervor entre los aficionados de la compañía, que confiaban en volver a los años dorados de Super NES con Nintendo Revolution. Aún recuerdo aquella tarde de E3, vislumbrando una cuadriculada carcasa negra de haz centelleante, escuchando a Satoru Iwata hablar de cambio.

El vídeo de presentación del WiiMote (por entonces no teníamos constancia de lo que nos parecería un nefasto nombre) nos dejó sin aliento, prometiéndonos manejar katanas en tiempo real, raquetear como si estuviésemos en la pista o disparar cual cyborgs metidos de lleno en la acción. Pero como pasa siempre que elhype se desboca, las decepciones llovieron por doquier.

Nintendo va a recuperar su trono -vociferábamos todos. Tuvimos razón, pero lo hizo a costar de sus usuarios más fieles, ofreciendo propuestas la mitad de espectaculares a lo prometido y llenando el catálogo de Wii con títulos casuales, que tan sólo convencieron a los mismos padres, abuelos y hermanas que ya habían caído bajo el influjo de la Dual Screen.

La propia Nintendo España me invitó a probar Wii poco antes de su lanzamiento, en una multitudinaria presentación celebrada en el estadio Santiago Bernabeu. Siempre recordaré la ilusión con que sujeté el controlador (Wii Sports Golf mediante) por primera vez, aunque al cabo de los años mi consola haya cogido más polvo que otra cosa, limitándome a adquirir los apenas veinte títulos que merecen la pena de su catálogo.

Desencantado, finalmente convencido de que no tiene ningún sentido lo de apoyar a una u otra compañía cual equipo de fútbol, enterré el hacha de guerra y me hice con una PlayStation 2 (que había rehusado durante años) para jugar a sus míticos títulos. Un pastizal en eBay más tarde, era orgulloso poseedor de los dos Zone of the Enders, Metal Gear Solid 3, Yakuza (I y II), Shadow of the Colossus e ICO. Sin olvidar, por supuesto, a 24: The Game (admirador acérrimo de la serie como era) que adquirí en su día para jugarlo en la consola de un amigo.

Tardaría bastante más en hacerme con PlayStation 3, cuyo catálogo no terminó de convencerme hasta bien entrada la vida de la máquina. Entre tanta compra (no faltó una PSP que terminaría sustituyendo por su modeloGo -todos cometemos errores-), un mail llegó a mi bandeja de entrada. El correo electrónico que lo cambiaría todo.

Hastiado de trabajar para un empresario local con absurdas aspiraciones y poca intención de pago, me decidí a seguir intentándolo en el ámbito del videojuego. Entonces topé con una oferta de redactor para este nuestro blog, de la que resulté elegido. Ocurrió aquello en noviembre del 2009, por lo que están por cumplirse dos años desde que Ecetia me acogiese y yo comenzase a agradecérselo de toda forma posible.

Una de ellas, me llevó a cumplir ese gran sueño que todo periodista del videojuego (jugón en definitiva) ha albergado alguna vez. No llamé a mi abuela para volverle a espetar lo de ‘‘ya puedo morir tranquilo”, pero lo hubiese hecho, porque en junio de 2010 pisé por primera vez el Convention Center de Los Ángeles.

Continuará…

Publicado en Ecetia.com

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