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Hablaba hace unos días con un amigo sobre Animal Crossing: New Leaf y sus seguras cotas de adicción. Por muchas novedades que traiga bajo el brazo, el juego se resume en la concatenación de tareas insustanciales como pescar, recoger fruta y dialogar con los peculiares vecinos de nuestra villa.

Aunque algunos se cansan de la fórmula a las pocas semanas, numerosos usuarios permanecen meses ensimismados en sus pueblos virtuales. ¿Por qué? En el caso de Animal Crossing el sentimiento de pertenencia a una comunidad nos puede, como ocurre de hecho en la vida real. Como seres sociales por naturaleza buscamos integrarnos y luchamos por imponer nuestro criterio. Convertirnos en líderes de opinión. Algo similar ocurre con el juego que nos ocupa.

La psicología ha estudiado este tipo de incursiones virtuales, encontrándola una vía de escape harto más efectiva que cualquier otro género para cuantos necesitan desconectar de una cotidianidad estresante. ¿Acaso no somos cada vez más cuantos obviamos los programas informativos por comedias ligeras durante el almuerzo o la cena?

El efecto anestesiante de Animal Crossing, como un portal a una sociedad en la que nos regirnos por convenciones diametralmente opuestas y donde encarnamos a un avatar recién llegado (sin máculas de las que arrepentirse), explica el por qué la franquicia suma cerca de 20 millones de copias en todo el mundo.

Simuladores de vida como éste nos permiten, en efecto, ser otra persona. Si acaso os preguntábais por qué la mayoría de protagonistas del videojuego son marines híperhormonados o atractivos aventureros de agilidad sobrehumana, no es sino porque todo individuo gusta de transmutarse en ideales, personajes que diverjan lo más posible de su autopercepción.

No hay nada mejor para desquitarse de las frustraciones diarias (a menudo propiciadas por quienes nos aventajan profesionalmente sin méritos palpables) que encarnar por unas horas al superhombre de turno: demostrar que “podemos”, aunque sea en un contexto digital.

Los juegos que nos convierten en dioses también han gozado de termenda popularidad, desde Populous a Doshin the Giant pasando inevitablemente porLos Sims. No analizaremos el por qué muchos se obstinan en acorrarlar (literalmente) sus Sims o ahogarlos en piscinas sin vía de escape, pero mucho tiene que ver con lo expuesto. Nos gusta sentirnos poderosos, imponer nuestro criterio sin que nadie lo cuestione, motivo éste por el que muchas parejas acaban tirándose los trastos y firmando los papeles del divorcio si la economía lo permite.

Podemos entender así por qué las horas se convierten en minutos ante semejantes premisas jugables. Lo mismo ocurre con MMORPGs como World of Warcraft, hasta el punto de haber supuesto serios problemas para quienes un buen día decidían estar más cómodos frente al monitor que interactuando fuera de casa.

Casos extremos a un lado, soy el primero que ansía codearse con la perra Canela y demás personajes estrafalarios. La posibilidad de hacer la puñeta en el pueblo de mi vecino (aunque sea en sueños) también contribuye, para qué engañarnos.

Redactado para: VaDeJuegos

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