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Redactado para VaDeJuegos.com

Sin comerlo ni beberlo las consolas de nueva generación se aproximan al medio año de vida. Salvando la euforia inicial, acompañada de títulos como Ryse: Son of Rome o Knack, ambas máquinas han cogido polvo durante meses, hasta la llegada de Titanfall e inFamous: Second Son.

Justo hace unas horas contemplaba los títulos de crédito de lo último de Sucker Punch, quizás el primer juego en rascar la superficie de PlayStation 4. Pese a quedar boquiabierto con sus atardeceres y efectos de neón, al poco acaba uno dando la razón al dicho de la mona y de la seda. Una jugabilidad bastante plana evidencia que las nuevas plataformas necesitan algo más que caras bonitas, reinvención que no vemos por ningún lado a medio o corto plazo.

Habrá que esperar al último trimestre del año, como poco, para encontrar motivos de peso como Quantum Break o The Order: 1886. Significa ésto que quienes apoquinamos un millar de euros a finales de noviembre llevaremos un año en balde junto a sendas consolas. Haréis bien en alegar que me lo he buscado, pues por todos es sabido lo que supone convertirse en early adopter: meses de conversiones insípidas y poco en lo que amortizar la inversión.

Nunca un early adopter pagó tan cara su premura: un año de práctica sequía y muchos errores por corregir para ambas consolas de nueva generación.

Xbox One es a día de hoy mi reproductor Blu-ray por defecto, sistema cuya interfaz dista mucho de la perfección y cuya principal baza (Kinect) apenas cobra sentido. De nada sirve una detección infinitamente mejorada si el usuario es incapaz de percibirla: las interrupciones de un errático reconocimiento por voz son constantes y el hipotético culmen del control gestual (Kinect Sports: Rivals) no lo ha sido en absoluto, a tenor de las críticas. Muchos son los retos que debe afrontar Spencer como nuevo director de división, comenzando por acallar de una vez por todas a quienes aseguran una máquina parca en potencia.

De PlayStation 4 agrada cómo Sony ha deshecho las incongruencias de su predecesora, pero no por ello hemos de alabar sin miramientos. Cansan los constantes periodos de mantenimiento o el que tengamos que matar el tiempo con producciones menores en el marco de PlayStation Plus. Sí, hay cosas más que interesantes en el ámbito del desarrollo independiente y uno agradece que la compañía nipona lo apoye sin reservas, pero debería cuidarse mucho de que su catálogo albergue también grandes exclusivas de las que atraen al usuario medio.

Inexplicables igualmente las carencias multimedia de la nueva generación, incompatible con la reproducción de Blu-ray 3D o archivos almacenados en dispositivos externos, esto último posible tanto en Xbox 360 como en PlayStation 3. No son las únicas funcionalidades que hemos perdido, por desgracia.

Nada que concluir. Al fin y al cabo una rabieta de quien apresuró su compra y tiene dos nuevos conectores HDMI ocupados sin cuasi justificación, pero valga para esa decena de amigos que durante los últimos meses me han preguntado si merece la pena hacerse con una Xbox One o una PlayStation 4. Nunca un primer año de vida comercial se vaticinó tan perdido y por consiguiente, la batalla decisiva entre ambas máquinas se disputará durante su segunda campaña navideña.

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